Las banderolas rojas en Quito: un acontecimiento insólito

Artículo de Germán Rodas Chaves para Informe Fracto – México

Algunos sectores de la población guardaban silencio frente al poder. Incluso, algunos de ellos, a pesar de tener ejemplos de rebeldía–como el que originó Rumiñahui o el que advino con la Rebelión de las Alcabalas- se habían dejado llevar por los intereses de los grupos hegemónicos del periodo. No obstante, y a contrapelo de esta realidad, emergió un pensamiento contestatario al poder que buscó cambiar el modelo prevaleciente, auspiciando la reflexión y dotando, a los diversos sectores de la sociedad, de las armas de la razón para cambiar el orden instituido. Precisamente por ello el martes 21 de octubre de 1794, Quito despertó con un acontecimiento insólito.

En efecto, en las cruces de los atrios de Santo Domingo, de La Catedral, de San Francisco y de La Merced fueron colocadas unas banderas rojas en las cuales, de un lado, se leía la inscripción  “Liberto esto Felicitatem et gloriam conssecuto”, en tanto que, en el otro lado de la banderola, se escribió “Salve Cruce”.  Estas mismas ideas, también redactadas en latín, fueron situadas-a manera de pasquines- en las paredes de muchas de las casas de la ciudad.

La traducción de aquello que se trazó en las banderolas y en los carteles, corresponde a la idea siguiente: “Seamos Libres Consigamos Felicidad y Gloria al Amparo de la Cruz”.

La conmoción en Quito, frente al aparecimiento de las banderolas fue enorme, habida cuenta que dicha frase provocó el afán de los ciudadanos para averiguar su significación y, en el caso de las autoridades-como ocurrió con el Presidente de la Real Audiencia de Quito Luis Muñoz de Guzmán-con el ánimo de establecer quienes fueron los autores de tal episodio y quien, particularmente, el ideólogo del acontecimiento que, a no dudarlo, expresó el anuncio de nuevos días para los quiteños.

Tanto fue así que, mediante comunicación, el Presidente de la  Real Audiencia de Quito narró del suceso a José de Ezpeleta, Virrey de la Nueva Granada, diciéndole, entre otras cosas: “ Al amanecer del día de hoy se han encontrado fijadas en algunas Cruces de esta ciudad unas banderitas coloradas con una inscripción en papel blanco y en latín…motivo con que por lo pronto he dado las disposiciones correspondientes para averiguar el origen de esta provocación popular … Se me acaba de avisar haberse visto fijados igualmente en las puertas del Cabildeo Secular  y en otros parajes similares pasquines dirigidos a alucinar a la plebe, procurando su sublevación…

El Virrey contestó desde Bogotá, con fecha 20 de noviembre de 1794, exponiendo “…la importancia de averiguar sobre semejantes especies sediciosas… pues estos pasquines deben atribuirse a algunos pocos individuos díscolos que en los mismos términos se han descubierto aquí…”

En efecto, las banderolas rojas colocadas en Quito aparecieron dos meses después a un hecho similar acaecido en Santa Fe de Bogotá, lo cual denotó que el pensamiento del “contrapoder”, cuestionador del orden y,  para aquel entonces libertario y liberador, había comenzado a expandirse en nuestra región en medio de la preocupación constante de la Corona que para acallar y anular tales ideas–como si las causas de los pueblos fuesen apabulladas por la fuerza-impartió órdenes expresas para que los mandos locales castigasen cualquier intento de lo que ellos denominaron pensamiento subversivo o sedicioso.

De esta manera, los acontecimientos similares que sucedieron en la Nueva Granada provocaron las sospechas que el mentor de tales hechos debió se Antonio Nariño quien, en 1789, fundó una sociedad literaria llamada “El Arcano sublime de la Filantropía” cuyos miembros promovieron las ideas libertarias y en cuyo cenáculo -a propósito de la estadía de Eugenio Espejo en Santa Fe de Bogotá- prosperó una amistad entrañable del médico quiteño con el patriota Nariño.

El antecedente referido favoreció la idea para que las autoridades locales pensasen que el autor intelectual de las banderolas rojas en Quito debió ser Eugenio de Santa Cruz y Espejo, a quien le tomaron preso, por esta y otras inculpaciones, el 30 de enero de 1795.

Fue evidente, entonces, que la figura de Espejo–y su pensamiento- comenzaban a impregnarse en la conciencia de quienes advirtieron la necesidad de modificar las características estructurales de la sociedad de aquellos años y, en ese contexto, avanzar hacia un proceso emancipador que, en efecto, se desarrolló en los años subsiguientes.

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